Hablar de construir barco Cambados es casi una cuestión de identidad, una mezcla de oficio antiguo y tecnología puntera que se palpa desde el primer boceto hasta la primera estela. Todo empieza en una mesa de trabajo donde el arquitecto naval escucha más que habla: ¿qué uso tendrá la embarcación?, ¿pesca, paseo, regata, una bitácora familiar para cruzar rías sin prisa? A partir de ahí, el lápiz manda y el software confirma. Las líneas de agua nacen a mano y maduran en el ordenador con cálculos de estabilidad, simulaciones CFD y optimización de pesos. No hay glamour sin números: francobordo, manga, calado y reparto de lastres se negocian como si el mar estuviese delante, recordando que la estética importa, pero la hidrodinámica no negocia.
Luego llega la fase de materiales, donde conviven dos mundos que en Cambados se respetan: la carpintería de ribera, que huele a cedro y memoria, y el composite contemporáneo que hace posible cascos ligeros, rígidos y duraderos. Si se opta por madera laminada, se eligen tablones con veta noble y humedad controlada, se curvan contra plantillas con calor y paciencia, se pegan con epoxis marinos que perdonan poco y se rematan con tratamientos que protegen de la sal. Si se decide por sándwich de fibra y núcleo de espuma, la clave es la receta: gramajes, orientaciones de la fibra, resina justa y vacío impecable. Una infusión mal hecha es como un mal chiste: al principio engaña, pero luego se nota.
El astillero es el teatro de operaciones. Primero se prepara el molde o la cuna, se marcan ejes, se canta el nivel con una precisión de relojero y se advierte a todos que el polvo de lijado es una especie invasora. Después, los refuerzos: cuadernas, varengas, esloras internas y mamparos estructurales que definen el esqueleto del barco. Cada perforación lleva un sellado, cada unión una razón. Mientras, el equipo eléctrico traza rutas para cables que no se vean pero que nunca falten, dimensiona baterías, calcula consumos y decide si habrá propulsión híbrida o, al menos, un empujador eléctrico para maniobras silenciosas en puerto. La fontanería naval, con sus válvulas y pasacascos, se monta pensando en que el agua solo entre donde debe; el resto del líquido, mejor en depósitos y bien medido.
La ergonomía no es postureo, es seguridad y confort. El timón debe caer natural a la mano, la visibilidad desde la consola debe ser total con mar formada, y el paso por cubierta no puede obligar a coreografías peligrosas. Las barandillas, la altura de los candeleros, el antideslizante, los cofres de fondeo y la ubicación del ancla se piensan como un rompecabezas que, si encaja, evita sustos. Por dentro, cada centímetro cuenta: una cocina que no salte en marejada, una litera donde el hombro no negocie con la escotilla, un baño ventilado y seco. Se eligen acabados que soporten salitre, crema solar y anécdotas. Y se prueba el aislamiento acústico, porque el ronroneo del motor es poesía solo cuando no convierte la cabina en una caja de resonancia.
La parte menos romántica, pero crítica, es la normativa. Del marcado CE a las inspecciones de seguridad, pasando por el cálculo de flotabilidad y compartimentación, hay checklists que nadie quiere improvisar un viernes por la tarde. Se comprueban luces de navegación, bombas de achique con manual y automático, sistemas contra incendios, arneses y puntos de sujeción. El astillero coordina con la capitanía y los organismos de certificación para que la embarcación salga al agua con papeles impecables. Y, por supuesto, los equipos: electrónica con cartas actualizadas, AIS si procede, radios bien instaladas y antenas sin sombras. El mar perdona la poesía, pero no las omisiones.
Llega el momento del primer contacto con la ría. La botadura no es solo la foto con champán; es el examen más honesto. Se monitoriza el asiento, se ajustan trims, se prueba el giro cerrado, la aceleración, el planeo y la parada brusca. El comportamiento en ola corta de la Ría de Arousa, con sus caprichos de viento y el paso junto a las bateas, es un juez exigente. Si hay vibraciones, se persigue su origen como quien sigue una pista en una crónica policial: alineación del eje, hélice con balanceo, soportes del motor, cavitación inesperada. Se juegan pesos con lastres discretos, se reubican equipos, se afinan flaps y, si hace falta, se reescribe la curva de hélice. Nada de “ya se irá haciendo”; el buen barco nace fino y se afila con datos.
Mientras tanto, el propietario descubre que no compró solo un objeto, sino una manera de estar en el agua. Participa en decisiones de tapicerías que resisten crema solar, toldos que no se comporten como paracaídas indeseados y maderas que no se decoloren al primer agosto. Se negocia la ubicación de portacañas, el tipo de nevera, si habrá ducha en popa y cuántos portavasos son suficientes para que el café sobreviva a una ola cruzada. Y, de paso, se introduce una educación sentimental: cómo amarrar sin hacer nudos imposibles, cómo repartir pesos a bordo, cómo leer el parte meteorológico más allá del icono del sol en el móvil.
Sostenibilidad ya no es palabra de moda, es criterio. Se pueden elegir maderas certificadas, resinas menos agresivas, aislantes con mejor huella y antifouling no tóxicos que no conviertan el mar en una sopa química. La energía fotovoltaica aporta autonomía para sistemas a bordo, y la electrificación parcial de maniobra reduce ruidos y humos en el puerto. La iluminación LED ahorra amperios y cuida baterías, alargando jornadas sin generadores. En Cambados, donde el mar es espejo y sustento, ese enfoque responsable no se presume, se practica, y el barco se diseña para durar y ser mantenible, con registros accesibles y manuales claros que no exijan adivinar dónde se escondió un filtro.
El relato no estaría completo sin la parte emocional: esa mañana en que el casco, ya pintado, refleja el cielo como si siempre hubiese estado ahí. Los bolos de amarre esperan, el olor a barniz compite con el salitre y el silencio de los que miran dice más que cualquier discurso. Un barco no es una silla de Ikea con nombre impronunciable; es una suma de decisiones, manos y detalles que se piensan para que, cuando el viento cambie y la marea empuje, todo siga su lógica. Al final, el mejor argumento es sencillo: quien conoce estas aguas sabe construir una embarcación que no solo navega, sino que cuenta algo de quien la hizo y de quien la lleva, y quizá por eso cada salida se siente como una primera vez que no necesita grandilocuencias para ser recordada.