El verano en las Rías Baixas tiene muchos rituales, pero ninguno se compara con el momento en que pisas la pasarela de embarque para poner rumbo a las islas Cíes. Este año decidí no esperar a las semanas de mayor bullicio de agosto; reservé la autorización de la Xunta con semanas de antelación y compré mi billete con mar de ons islas cíes para una salida a primera hora desde la estación marítima. Quería exprimir el día completo, ver despertar el archipiélago antes de que el sol apretara y caminar por los senderos con el frescor de la mañana.
El ambiente en el muelle antes de zarpar es siempre una mezcla contagiosa de expectación y trasiego. Mochilas de senderismo a la espalda, sombrillas bien atadas y familias enteras repasando que no se les quede nada en tierra. En cuanto crucé el control y subí a bordo, esquivé la tentación del salón interior y subí directo a la cubierta superior. Si viajas a las Cíes, hay que hacerlo al aire libre, sintiendo el viento del noroeste en la cara y el aroma penetrante a salitre que inunda la ría nada más soltar amarras.
La salida del catamarán es suave, abriéndose paso entre las bateas mientras la costa de Cangas a babor y la silueta urbana a estribor empiezan a encogerse poco a poco. Navegar con Mar de Ons tiene ese punto familiar y veterano: los motores ronronean con fuerza constante y una bandada incansable de gaviotas se suma al convoy, planeando a escasos metros de las barandillas, suspendidas en las corrientes térmicas como si escoltaran el barco. Durante los cuarenta minutos de trayecto, la conversación se apaga poco a poco; la inmensidad del océano abierto al fondo y el perfil escarpado de Monteagudo y O Faro que va creciendo frente a la proa reclaman toda la atención.
Al enfilar la bocana de la ría y aproximarnos al muelle de Rodas, el agua cambia de color en cuestión de minutos, pasando del azul profundo y plomizo a un turquesa caribeño y cristalino que sigue descolocando los sentidos por muchas veces que lo hayas visto. El barco maniobra con precisión milimétrica hasta tocar el pantalán de madera, y el sonido del choque de las defensas contra el muelle marca el inicio de la desconexión total.
Bajar la rampa y poner el primer pie en la isla es sacudirse de golpe el ruido cotidiano. Dejas atrás el barco, que ya prepara la maniobra para volver a puerto, y te recibe la arena blanquísima y fina de la playa de Rodas, los pinares meciéndose con la brisa y un silencio limpio, solo roto por las olas. Subir a bordo de ese catamarán no es simplemente comprar un pasaje de transporte; es cruzar una frontera invisible entre el asfalto y uno de los santuarios naturales más bellos del mundo.