Cuando decidí dar el salto y convertirme en autónomo, pasé semanas obsesionado con las herramientas de trabajo. Compré el mejor ordenador que me podía permitir, invertí en software de gestión, diseñé mi web y contraté una gestoría fiable. Sin embargo, tardé casi un año en darme cuenta de que me faltaba la herramienta más importante de todas, la única sin la cual el negocio se detiene por completo: mi propia salud.
Existe una frase que nos repetimos como un mantra, a veces con orgullo y a veces con terror: «Si no trabajo, no cobro». Es la realidad cruda del emprendedor. Cuando eres asalariado, una gripe fuerte o una lesión leve significan unos días de baja remunerada y desconexión. Cuando eres autónomo, significan facturas sin pagar, clientes nerviosos y proyectos que se estancan. Fue precisamente un dolor de espalda persistente el que me abrió los ojos.
La sanidad pública en nuestro país es un orgullo y funciona de maravilla para situaciones críticas, pero tiene un talón de Aquiles que es mortal para el autónomo: los tiempos de espera. Esperar tres meses para una resonancia o cuatro semanas para ver a un especialista es algo que mi negocio no se puede permitir. Yo no puedo permitirme la incertidumbre de no saber qué tengo ni cuándo podré volver al 100%.
Al Contratar seguro medico autonomos, lo que realmente compré fue velocidad y agilidad. Ahora, si me encuentro mal, puedo pedir cita con un especialista para el día siguiente o incluso esa misma tarde. Las pruebas diagnósticas se resuelven en días, no en meses. Esa rapidez en el diagnóstico se traduce en una rapidez en la recuperación. Y, por tanto, en una vuelta al trabajo mucho más temprana. Para mí, el seguro médico es una herramienta de productividad.
Además, hay un factor de flexibilidad que a menudo pasamos por alto. Como dueño de mi tiempo, valoro poder elegir si voy al médico a las 8 de la mañana o a las 7 de la tarde, o incluso usar servicios de video-consulta para temas menores sin tener que perder dos horas en desplazamientos y salas de espera. Esa eficiencia es oro puro.
Tampoco puedo ignorar el aspecto financiero. Mucha gente ve el seguro como un «gasto extra», pero como autónomo, sé que es un gasto deducible en el IRPF (hasta 500 euros por persona al año en mi caso y el de mi familia). Esto suaviza el coste real de la póliza y lo convierte en una inversión fiscalmente inteligente.
Pero más allá del dinero y del tiempo, se trata de paz mental. Saber que, si algo falla en mi cuerpo, tengo acceso inmediato a los mejores medios para solucionarlo, reduce drásticamente mi ansiedad. Y un autónomo sin ansiedad trabaja mejor, toma mejores decisiones y duerme mejor.
Hoy, si tuviera que recortar gastos en mi negocio, antes cancelaría suscripciones de software o cambiaría de oficina que renunciar a mi seguro de salud. Porque mi negocio soy yo, y cuidar de mí es la única forma de garantizar que la persiana siga subiendo cada mañana.